Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Me devolvéis la vida, señora —exclamó D’Artagnan, apeándose y arrojando las riendas de su cabalgadura al brazo de Planchet—; ¿dónde está mi querido Aramis? Decídmelo, no veo el instante de abrazarlo.

—Perdone su merced —objetó la posadera—, pero dudo que en este instante pueda recibiros.

—¿Y eso? ¿Está por ventura con alguna mujer?

—¡Jesús, María, José! ¿Qué está diciendo ahí vuestra merced? ¡Pobre mozo! No, señor, no está con ninguna mujer.

—¿En compañía de quién, pues?

—Del párroco de Montdidier y del superior de los jesuitas de Amiens.

—¡Dios me valga! —exclamó D’Artagnan—. Entonces ¿mi pobre amigo ha empeorado?

—Al contrario, señor; sino que de resultas de la enfermedad, Dios le ha tocado en el corazón, y ha resuelto tomar el hábito.

—¡Caramba!, es verdad —exclamó D’Artagnan—, se me había olvidado que mi amigo era mosquetero interinamente.

—¿Persiste vuestra merced en verlo?

—Ahora más que nunca.

—Pues suba su merced la escalera de la derecha del patio y diríjase hasta el número cinco del segundo.


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