Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan tomó apresuradamente la dirección indicada y llegó a una escalera exterior, de las que quedan todavía ejemplares en los patios de las posadas antiguas. Pero no se llegaba tan fácilmente al cuarto del futuro sacerdote; los desfiladeros de la habitación de Aramis estaban guardados ni más ni menos que como los jardines de Armida; Bazin estaba de centinela en el corredor, y le cerró el paso con tanta más intrepidez cuanto después de largos años de prueba se veía próximo a conseguir el resultado al que eternamente ambicionara llegar.

En efecto, el sueño dorado de Bazin había sido siempre el de servir a un ministro del altar, y aguardaba con impaciencia el momento sin cesar columbrado en que Aramis ahorcaría el casacón de mosquetero para vestir la sotana. Únicamente lo había retenido al servicio de un mosquetero, servicio en el cual, según él decía, no podía menos de condenar su alma, la promesa, renovada todos los días por su joven amo, de que no tardaría en ver cumplidos sus deseos.






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