Los Tres Mosqueteros

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Bazin estaba, pues, loco de contento. Ahora era probable que su amo no se desdeciría. La reunión del dolor físico y del dolor moral había producido el efecto tan largo tiempo anhelado. Aramis, a la vez doliente del cuerpo y del alma, había por fin detenido los ojos y el pensamiento en la religión, y mirado como una advertencia divina el doble accidente que le sobreviniera, queremos decir la súbita desaparición de su amante y la herida que le atravesaba el hombro.

No es de extrañar, pues, que para Bazin, atendida la disposición de su ánimo, la llegada de D’Artagnan fuese desagradable hasta más no poder, tanto más cuanto podía arrojar nuevamente a su amo en el mundanal torbellino que lo arrastrara por tanto tiempo. Bazin resolvió, pues, defender bravamente la puerta; y como, traicionado por la posadera, no podía decir que Aramis estaba ausente, se esforzó en demostrar al recién llegado que sería el colmo de la indiscreción distraer a su amo de la piadosa conferencia a que había dado principio aquella mañana y que, al decir de Bazin, no podía quedar terminada hasta la noche.

Pero D’Artagnan no tuvo para nada en cuenta el discurso de maese Bazin, y como no tenía ganas de entablar polémica con el criado de su amigo, lo apartó con una mano, y con la otra dio vuelta al pestillo de la puerta número cinco.


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