Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros La puerta se abrió y D’Artagnan entró en el cuarto. Aramis, envuelto en un capote negro y con la cabeza tocada con una especie de casquete redondo y plano que tenía sus puntas y asomos de solideo, estaba sentado a una mesa oblonga, atestada de rollos de papeles y enormes infolios, y tenía a su derecha al superior de los jesuitas y a su izquierda al párroco de Montdidier. Las cortinas estaban medio cerradas y solo daban paso a una luz misteriosa, adecuada para una mística divagación. Todos los objetos mundanos que pueden herir la mirada al entrar en el cuarto de un mozo, y sobre todo de un mozo mosquetero, habían desaparecido como por arte de magia; e, indudablemente, de miedo que su vista no inclinase de nuevo a su amo a las ideas mundanas, Bazin se apoderó de la espada, las pistolas, el sombrero de plumas y los bordados y encajes de toda especie, en lugar de los cuales D’Artagnan vio, o le pareció ver, en un rincón oscuro, como unas disciplinas pendientes de un clavo de la pared.
Al ruido que hizo D’Artagnan al abrir la puerta, Aramis levantó la cabeza y conoció a su amigo; pero con gran admiración del mozo, su presencia no ejerció, al parecer, mucha impresión en el mosquetero; de tal suerte el espíritu de este se había desprendido de lo terrenal.
—Buenos días, mi querido D’Artagnan —dijo Aramis—; me place grandemente veros.