Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—A mí también, por más que todavía no estoy bien seguro de si estoy o no estoy hablando con Aramis —contestó el mozo.

—Con él mismo, amigo mío, con él mismo; pero ¿qué puede haberos hecho dudar?

—Temí haberme equivocado de cuarto —respondió D’Artagnan—; de buenas a primeras, me ha parecido entrar en el aposento de un sacerdote. Además, he caído en otro error al encontraros en compañía de estos señores, el de que estuvieseis enfermo de gravedad.

Los dos sacerdotes, que calaron la intención del mozo, lanzaron a este una mirada de amenaza o poco menos.

—Tal vez os estorbo —dijo D’Artagnan a Aramis, sin hacer caso de la mirada de los sacerdotes—, pues, por lo que veo, me inclino a creer que os estáis confesando con estos señores.

—¡Estorbarme vos! —repuso Aramis, sonrojándose ligeramente—, al contrario, mi buen amigo; y la prueba está en el regocijo que siento al veros sano y salvo.

Por fin se da a partido; del mal, el menos, dijo para sí D’Artagnan.


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