Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Porque han de saber vuestras mercedes —profirió Aramis con unción y mostrando con la mano a D’Artagnan a los dos eclesiásticos— que el caballero, que es un gran amigo mÃo, acaba de librarse de un peligro terrible.
—Alabad a Dios, caballero —dijeron los sacerdotes, inclinándose a una.
—No he dejado de hacerlo, mis reverendos —respondió el mozo, inclinándose a su vez.
—Llegáis en ocasión propicia, mi querido D’Artagnan —dijo Aramis—; vais a ilustrar con vuestras luces la discusión. M. el director de los jesuitas de Amiens, m. el párroco de Montdidier y yo estamos argumentando sobre ciertos puntos teológicos cuyo interés nos absorbe hace ya largo rato, y tendrÃa a dicha que vos nos dieseis vuestro parecer.
—El parecer de un soldado sobre tales extremos no tiene peso —respondió D’Artagnan, a quien empezaba a darle calambres el rumbo que tomaban las cosas—; lo mejor que podéis hacer, pues, es ateneros al saber de estos señores.
Los dos eclesiásticos se inclinaron.
—Al contrario —replicó Aramis—, vuestro dictamen nos será precioso; he aquà de qué se trata: m. el director estima que mi tesis debe ser principalmente dogmática y didáctica.