Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Vuestra tesis! —exclamó D’Artagnan—. ¿Conque estáis haciendo una tesis?

—¡Claro! —respondió el jesuita—: para el examen que precede a la ordenación es de rigor una tesis.

—¡La ordenación! —profirió D’Artagnan, que no se avenía a dar crédito a lo que le dijeran la posadera y Bazin, y miraba con ojos de estupefacción a los tres personajes que ante sí tenía.

—Ahora bien —prosiguió Aramis, tomando en su silla de brazos la misma graciosa postura que si se hubiese hallado en casa de una dama, y mirando con complacencia su mano blanca y regordeta como la de una mujer, que tenía levantada para que la sangre bajase—; ahora bien, como habéis oído, D’Artagnan, m. el director querría que mi tesis fuese dogmática, mientras que yo quisiera que fuese ideal. Es por eso que m. el director me propone el siguiente tema, no tratado hasta ahora, y que reconozco que se presta a un amplio desenvolvimiento: «Utraque manus in benedicendo clericis inferioribus necessaria est».

D’Artagnan, cuya erudición nos es conocida, no pestañeó, al igual que hiciera con m. de Tréville a propósito de los presentes que este pretendía que el mozo recibiera de Buckingham.


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