Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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»Una vez en la calle, conduje al oficial a la rue Payenne, al sitio mismo en que un año antes, hora por hora, me infiriera el cumplido que ya sabéis. La luna brillaba en todo su esplendor. Desenvainamos, y al primer pase lo dejé en el sitio.

—¡Diablos! —profirió D’Artagnan.

—Ahora bien —prosiguió Aramis—, como las damas no vieron regresar a su cantor, y lo encontraron en la rue Payenne con el cuerpo atravesado de parte a parte, sospecharon que era yo quien lo había aviado de tal suerte, y el escándalo no fue pequeño. No me cupo, pues, otro remedio que renunciar a la sotana por algún tiempo. Athos, a quien conocí en aquel entonces, y Porthos, que aparte de las lecciones de esgrima, me había enseñado algunas estocadas magníficas, me decidieron a solicitar un casacón de mosquetero. El rey, que había tenido en gran estima a mi padre, muerto en el sitio de Arras, me concedió el casacón. Ya comprenderéis, pues, que ha llegado para mí el momento de regresar al seno de la Iglesia.

—¿Y por qué hoy en vez de ayer y de mañana? ¿Qué os ha pasado hoy, que tan malos pensamientos os ha inspirado?

—La herida esta ha sido para mí una advertencia del cielo, mi querido D’Artagnan.


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