Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Esa herida? ¡Bah!, ya estáis casi curado de ella. Juraría que no es esa la que os hace padecer en la hora de ahora.

—¿Cuál, pues? —preguntó Aramis, sonrojándose.

—Tenéis una en el corazón más viva y más sangrienta, una herida causada por una mujer.

—¡Ah! —profirió Aramis, lanzando por los ojos y a pesar suyo un haz de rayos, y escondiendo su emoción tras una indiferencia fingida—, no me habléis de tales cosas. ¿Cómo queréis que yo piense en mujeres? ¿Que sienta pesares de amor? Vanitas vanitatum. ¡Imagináis que me he sorbido los sesos!, ¿y por quién? Por alguna costurerilla, por alguna aventurera, a quienes hubiese galanteado en una guarnición. ¡Puf!

—Perdonad, amigo Aramis, pero siempre me figuré que habíais puesto vuestras miras en sitio más alto.

—¿Más alto? ¿Y quién soy yo para alimentar tamaña ambición? Un pobre mosquetero mísero y oscuro, que detesta las pasiones que imperan sobre el hombre, y se halla fuera de su centro en el siglo.

—¡Aramis! ¡Aramis! —exclamó D’Artagnan mirando a su amigo con ojos de duda.


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