Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Polvo soy y al polvo me vuelvo. La vida está llena de humillaciones y de dolores —continuó Aramis con acento cada vez más sombrÃo—; uno tras otro van rompiéndose en la mano del hombre los hilos que lo sujetan a la dicha, y, más que todos, los hilos de oro. ¡Oh!, mi querido D’Artagnan —repuso Aramis, dando a su voz un ligero barniz de amargura—, creedme, cuando tengáis llagas, escondedlas cuidadosamente. El silencio es el último gozo de los desventurados; guardaos de poner a persona alguna en la huella de vuestros dolores, pues los curiosos chupan nuestras lágrimas como las moscas la sangre de un gamo herido.
—¡Ay, mi querido Aramis! —dijo D’Artagnan tras un suspiro—, no parece sino que estáis contando mi misma historia.
—¿Cómo?
—SÃ, acaba de serme arrebatada una mujer a quien amo, que adoro, y no sé dónde está, a qué paraje se la han llevado; quizá gime en oscura prisión, tal vez ya no alienta.
—Pero a vos os queda por lo menos el consuelo de deciros a vos mismo que ella no os ha abandonado voluntariamente; que si de ella no sabéis nueva alguna, es porque le está vedada toda comunicación con vos, en tanto que…
—¿Qué?
—Nada, nada —contestó Aramis.