Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Asà pues, renunciáis para siempre jamás al mundo? ¿Es una resolución firme e inquebrantable?
—Para siempre jamás —respondió Aramis—. Vos sois para mÃ, hoy, un amigo, mañana no seréis a mis ojos más que un espectro, o más bien dicho, habréis dejado de existir. En cuanto al siglo, no es más que un sepulcro.
—¡Diablos!, es muy triste lo que estáis diciendo.
—¡Qué queréis!, mi vocación me atrae, me arrebata. D’Artagnan sonrió, pero no profirió palabra.
—Y, sin embargo —continuó Aramis—, mientras me unen todavÃa algunos lazos a la tierra, querrÃa haberos hablado de vos y de nuestros amigos.
—Y yo querrÃa haberos hablado de vos —repuso D’Artagnan—; pero os veo tan desapegado de todo… Para vos, el amor es un asco, los amigos espectros y el mundo un sepulcro.
—¡Ay!, con vuestros propios ojos lo veréis —dijo Aramis, dando un suspiro.
—No se hable más de ello —profirió D’Artagnan—, y quememos esta carta que indudablemente os anunciaba alguna nueva infidelidad de vuestra costurera.
—¿Qué carta? —exclamó con viveza Aramis.
—Una carta que llevaron a vuestra casa durante vuestra ausencia y me la han entregado para que os la diera.