Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Pero ¿de quién procede esa carta?

—De alguna fregona desconsolada, de alguna costurera sin esperanzas, o tal vez de la doncella de mm. de Chevreuse, que se habrá visto obligada a volverse a Tours con su ama, y que para presumir de elegante habrá escrito en papel perfumado, y sellado su carta con una corona ducal.

—¿Qué estáis diciendo?

—¡Cielo santo! ¡La habré perdido! —exclamó con socarronería el mozo mientras se tanteaba las ropas haciendo que la buscaba—. Suerte que el mundo es un sepulcro, los hombres, y por tanto las mujeres, espectros, y el amor un afecto que da náuseas, que si no…

—¡Ah! ¡D’Artagnan! ¡D’Artagnan! —exclamó Aramis—, me estás matando.

—¡Por fin! Aquí está —dijo el gascón, sacando la carta de su faltriquera.

Aramis dio un brinco, tomó la carta y la leyó, ¿leyó, dije? La devoró.

—Parece que la doncella tiene un estilo elegante —dijo con negligencia el mensajero al ver el radiante rostro de su amigo.

—¡Gracias, D’Artagnan, gracias! —exclamó Aramis, casi delirante—. Se ha visto forzada a volver a Tours; no me es infiel, continúa amándome. Ven, amigo mío, ven que te abrace; la dicha me sofoca.


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