Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Y los dos amigos se pusieron a danzar en torno del venerable san Crisóstomo, pateando a más y mejor las cuartillas de la tesis, que habían rodado por el suelo.
En esto entró Bazin con las espinacas y la tortilla.
—¡Huye, desventurado! —gritó Aramis, arrojándole a la cara su casquete—; vuélvete allí de donde vienes, llévate esas asquerosas verduras y esos horripilantes entremeses, y pide una liebre mechada, un capón cebado, una pierna de carnero en salsa de ajos y cuatro botellas de borgoña rancio.
Bazin, que miraba a su amo sin comprender pizca de tal cambio, dejó caer melancólicamente la tortilla en las espinacas y las espinacas al suelo.
—Este es el momento de consagrar vuestra vida al Rey de Reyes —dijo D’Artagnan a Aramis—, si deseáis mostraros obsequioso con él: Non inutile est desiderium in oblatione.
—Al diablo con vuestro latín —exclamó Aramis—. ¡Bebamos, caramba!, y bebamos mucho y bueno, y contadme qué pasa en París.