Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros LA MUJER DE ATHOS
—Ahora solo falta saber de Athos —dijo D’Artagnan al pisaverde Aramis, cuando le hubo puesto al corriente de lo que, desde su partida, pasara en la capital y una suculenta comida consiguió que el uno olvidase su tesis y el otro su cansancio.
—¿Y vos creéis que le ha acaecido alguna desgracia? —preguntó Aramis—. ¡Athos es tan sereno, tan bravo, y esgrime tan magistralmente la espada!
—Nadie aprecia más que yo el valor y la destreza de Athos —profirió el mozo—; pero por mi fe que prefiero sentir en mi espada el choque de las lanzas que no el de los garrotes; temo que Athos no haya sido apaleado por la chusma, los criados son gente que pegan fuerte y no acaban presto. Esta es la causa por la cual quisiera yo anudar antes el camino.
—Veré de acompañaros —dijo Aramis—, aunque no me siento con fuerzas para montar a caballo. Ayer ensayé las disciplinas que veis allà colgada de aquel clavo, y el dolor me impidió continuar tan piadoso ejercicio.
—Claro, ¿quién ha visto curar un arcabuzazo con un sacudidor? Pero como estabais enfermo y la enfermedad debilita la inteligencia, se os puede disculpar.
—¿Cuándo partÃs?