Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Mañana, al quebrar el alba; descansad esta noche cuanto os sea posible, y mañana, si os halláis con fuerzas suficientes, partiremos juntos.

—Hasta mañana, pues —dijo Aramis—, porque por mucho que seáis de bronce, debéis de estar necesitado de reposo.

Al día siguiente, D’Artagnan, al entrar en el cuarto de Aramis, halló a este asomado a la ventana.

—¿Qué estáis mirando? —preguntó el gascón a su amigo.

—Tres magníficos corceles que los mozos de caballos tienen de la brida; es un placer de príncipe el viajar en tales cabalgaduras.

—Pues os daréis este placer, mi querido Aramis; uno de esos caballos es vuestro.

—¡Bah! ¿Cuál?

—Escoged: no tengo predilección por ninguno de ellos.

—¿Y también es mío el soberbio caparazón que lo cubre?

—También.

—De broma estáis, mi querido D’Artagnan.

—No lo estoy desde que habláis francés.

—¿Son para mí aquellas doradas pistoleras, aquella gualdrapa de terciopelo y aquella silla guarnecida de plata?


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