Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Para vos, como el caballo que está piafando es mÃo, como es de Athos el que caracolea.
—¡Diantre! —exclamó Aramis—, son tres brutos preciosÃsimos.
—Me place que sean de vuestro gusto.
—¿Es el rey quien os ha hecho tan rico presente?
—Desde luego, no ha sido el cardenal; pero no os toméis la molestia de indagar de dónde proceden; pensad únicamente que uno de ellos es vuestro.
—Me quedo con el que tiene de la brida el criado petirrojo.
—Conforme.
—¡Vive Dios! —exclamó Aramis—, esto acaba de quitarme el dolor; en un caballo como ese montarÃa yo con treinta balas en el cuerpo. ¡Vaya unos estribos! ¡Bazin!, llegaos acá inmediatamente.
Bazin apareció, murrio y cabizbajo, al umbral del aposento.
—Limpiad mi espada, enderezad mi sombrero, cepillad mi capa y cargad mis pistolas —dijo Aramis a su lacayo.
—La última recomendación es inútil —repuso D’Artagnan—: en las pistoleras las hay cargadas.
Bazin lanzó un suspiro.