Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Cómo que no se hable más de ello! —profirió Porthos—. ¡No se hable más! ¡Diablo! Que rápido concluÃs. ¡Cómo! ¡El cardenal hace espiar a un caballero, hace robar su correspondencia por un traidor, un bandido, un bigardo; con ayuda de ese espÃa y gracias a la correspondencia robada hace decapitar a Chalais, bajo el necio pretexto de haberse propuesto matar al rey y casar a la reina con su cuñado! ¡Y queréis vos que no se hable más de ello! No habÃa quien supiese palabra de ese enigma y ayer, y con la mayor satisfacción de todos, nos pusisteis en autos, y cuando todavÃa estamos aturdidos por tal nueva, hoy nos salÃs con ¡no se hable más de ello!
—Pues si os empeñáis, volvamos sobre el asunto —dijo Aramis con paciencia.
—Si yo fuese el escudero del infortunado Chalais, lo que es ese Rochefort pasarÃa un rato muy acerbo —exclamó Porthos.
—Y vos pasarÃais un cuarto de hora muy triste con el duque rojo —repuso Aramis.
—¡Ah! ¡El duque rojo! —profirió Porthos, palmoteando y haciendo con la cabeza señales de aprobación—. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡El duque rojo! Buena está la frase, buena, buena. Haré correr la voz, mi querido amigo. ¡Pues no es poco agudo ese Aramis! ¡Qué lástima que no os haya sido posible seguir vuestra vocación! ¡Vaya un cura hubierais hecho!