Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No es más que un retraso momentáneo —repuso Aramis—; dÃa llegará en que lo sea; ya sabéis que a este fin continúo estudiando la teologÃa.
—Y a la corta o a la larga hará cual dice —profirió Porthos.
—A la corta —añadió Aramis.
—Para decidirse a descolgar de nuevo la sotana, que está ahorcada detrás de su uniforme, no aguarda más que una cosa —dijo el mosquetero.
—¿Qué? —preguntó otro.
—Que la reina haya dado un heredero a la corona de Francia.
—Vamos, señores, dejémonos de chanzas sobre el particular —dijo Porthos—; a Dios gracias la reina se halla todavÃa en edad de darlo.
—Dicen que m. de Buckingham está en Francia —repuso Aramis una con risa de zumba que daba a sus palabras, tan sencillas en apariencia, una significación más que medianamente escandalosa.
—Amigo Aramis —interrumpió Porthos—, esta vez no estáis en lo cierto y vuestra manÃa por mostraros agudo os hace traspasar los justos lÃmites; si m. de Tréville os oyera, os arrepentirÃais de haber hablado de tal suerte.
—¿Os proponéis darme una lección? —exclamó Aramis, por cuyos dulces ojos cruzó un relámpago.