Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Amigo mÃo —respondió Porthos—, pase que seáis mosquetero o cura, pero no las dos cosas a un tiempo. El otro dÃa ya os lo dijo Athos: coméis a dos carrillos. Ea, no nos incomodemos, pues serÃa inútil; ya sabéis el pacto que existe entre vos, Athos y yo. Visitáis a mm. D’Aiguillon y la galanteáis; vais a casa de mm. de Bois-Tracy, la prima de mm. de Chevreuse, y según dicen sois muy bien quisto de la dama. Callaos vuestra dicha, nadie os exige que divulguéis el secreto de vuestra alma, sobre todo sabiendo lo discreto que sois; mas ya que poseéis tal virtud, ¡qué diantre!, usadla para con su majestad. Ocúpese quién quiera y cómo quiera en el rey o en el cardenal; pero la reina es sagrada, y de hablar de ella, hágase en bien.
—Sois presuntuoso cual Narciso —replicó Aramis—; ya sabéis que los sermones me empalagan, menos cuando los da Athos. Respecto a vos, lleváis un tahalà demasiado rico para estar versado en moral. Si me agrada seré cura; entre tanto, soy mosquetero y, como tal, digo lo que me place, y en este instante me place deciros que me estáis probando la paciencia.
—¡Aramis!
—¡Porthos!
—¡Señores! ¡Señores! —profirieron a una los circunstantes.