Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esto os enseñará a tratar más cortĂ©smente a los huĂ©spedes que Dios os envĂa —dijo el gascĂłn.
—¡Dios!, decid el diablo.
—Os prevengo que si continuáis rompiĂ©ndonos los tĂmpanos —repuso D’Artagnan—, vamos a encerrarnos los cuatro en vuestra cueva, y veremos si realmente el destrozo es de tanta monta como decĂs.
—Bueno, sà —exclamĂł el posadero—, mĂa es la culpa, lo confieso; pero todo pecado es digno de misericordia: vosotros sois señores, y yo un pobre posadero, y os compadecerĂ©is de mĂ.
—¡Ah! —dijo Athos, si hablas de esta suerte vas a ablandarme el corazón y a hacer que de mis ojos manen las lágrimas como de tus toneles manaba el vino. No es uno tan malo como parece. Vamos, acércate y hablemos.
El posadero se acercó, no teniéndolas todas consigo.
—Acércate, digo, y no temas —continuó Athos—. En el instante en que iba a pagarte, dejé mi bolsa sobre la mesa.
—Es cierto, monseñor.
—Y mi bolsa contenĂa sesenta pistolas; ÂżdĂłnde está?
—Depositada en casa del escribano, monseñor. Me dijeron que la moneda aquella era falsa.