Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Vino! —exclamó este en el colmo de la estupefacción—. ¡Vino! ¡Cuando os habéis bebido por valor de más de cien pistolas, y me habéis arruinado, perdido, aniquilado!
—¡Bah! —repuso Athos—, nunca logramos apagar la sed.
—Si os hubieseis limitado a la bebida, del mal, el menos; pero habéis roto todas las botellas.
—Vos tenéis la culpa, vos me empujasteis sobre un rimero que a mi peso se desmoronó.
—¡Todo mi aceite está perdido!
—El aceite es un bálsamo soberano para las heridas, y era menester que el pobre Grimaud se curase las que vos le inferisteis.
—¡Todos mis salchichones están roÃdos!
—¿Cómo no, si la cueva esa es un vivero de ratones?
—Y vais a pagármelo todo —exclamó con exasperación el posadero.
—¡Ah, pillo! —dijo Athos, levantándose, pero volviendo a caer inmediatamente en su asiento y dando con ello la medida de sus fuerzas.
D’Artagnan corrió en socorro de su amigo y levantó el látigo.
El posadero retrocedió un paso y se echó a llorar.