Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Entretanto, el posadero y su mujer se precipitaron con sendas lámparas a la cueva, a la que por tanto tiempo les estuviera prohibido bajar y donde les esperaba un espectáculo de terror.
Más allá de las fortificaciones en las cuales Athos habÃa abierto brecha para salir y que se componÃan de gavillas, tablas y toneles vacÃos amontonados conforme a las reglas de la estrategia, vieron que en pantanos de aceite y vino nadaban los huesos de todos los jamones comidos, que en el rincón de la izquierda habÃa una montaña de cascos de botella y que un tonel, del que quedara abierta la espita, estaba perdiendo por la abertura las últimas gotas de su sangre. El campo de batalla, como dice el poeta de la antigüedad, era la imagen de la devastación y de la muerte.
De cincuenta salchichones que pendÃan de las vigas cuando Athos entró en la cueva, apenas quedaban diez.
Allà fueron de oÃr los aullidos del posadero y de su mujer, tales y tantos, que atravesaron la bóveda de la cueva.
D’Artagnan se sintió conmovido; Athos ni siquiera volvió la cabeza.
Pero sucediendo al dolor la rabia, el posadero se armó de un asador y, ciego de desesperación, se lanzó al aposento a que se retiraran los dos amigos.
—¡Vino! —dijo Athos al ver al posadero.