Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Yo?, no, pero si estoy hecho una uva; os garantizo que desde Noé no ha habido quien haya puesto más conato que yo en lograrlo. ¡Vive Dios!, señor posadero, que por mi parte me he bebido ciento cincuenta botellas, y me quedo corto.
—¡Misericordia! —exclamó el posadero—, como el lacayo haya bebido solamente la mitad que su amo, heme por puertas.
—Grimaud es lacayo de muy buena casa, lo cual quiere decir que no se hubiera atrevido a hacer lo que yo —dijo Athos—. No ha bebido más que del tonel, y… pero ¡caramba! Me parece que se ha olvidado de cerrar la espita. ¿OÃs? Algo está manando.
D’Artagnan lanzó una carcajada que cambió en calentura el escalofrÃo del posadero.
En esto apareció Grimaud detrás de su amo, con el mosquetón al hombro y con la cabeza temblequeando, como los sátiros borrachos de los cuadros de Rubens. Por delante y por detrás iba empapado de cierto licor grasiento en el que el posadero reconoció su mejor aceite de olivas.
El cortejo atravesó el gran comedor y fue a instalarse, por la autoridad de D’Artagnan, en la más hermosa habitación de la posada.