Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Los ingleses, convencidos, envainaron refunfuñando; luego D’Artagnan les contó la historia de la prisión de Athos, y como aquellos eran hidalgos de buen cuño, dieron la sinrazón al posadero.
—Ahora, señores —dijo el mozo a los ingleses—, volveos a vuestros cuartos; yo os respondo de que dentro de diez minutos os servirán en ellos cuanto deseéis.
Los ingleses saludaron y se fueron.
—Ahora que estoy solo, hacedme la merced de abrir la puerta, mi querido Athos —dijo D’Artagnan.
—Al instante —contestó el mosquetero.
Inmediatamente después se oyó un gran ruido de fagotes que entrechocaban y de vigas que gemÃan; eran las contraescarpas y los bastiones de Athos, que el sitiado demolÃa con sus propias manos.
Al poco, bamboleó la puerta, y apareció la pálida cabeza de Athos, quien de una rápida mirada exploró las cercanÃas.
D’Artagnan abrazó con ternura a su amigo, y al intentar conducirlo fuera de aquel húmedo lugar, advirtió que aquel se tambaleaba.
—¿Estáis herido? —preguntó el mozo a Athos.