Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Hazte a un lado, D’Artagnan, que voy a disparar —gritó Athos.

—Paciencia, Athos —dijo D’Artagnan, a quien nunca abandonaba la reflexión; y, volviéndose hacia los ingleses, añadió—: Ved lo que hacéis, os enfrascáis en un mal negocio y vais a salir de él acribillados. Mi lacayo y yo os haremos tres disparos, y otros tantos os harán desde la cueva, y luego nos quedarán las espadas, que, en verdad os lo digo, mi amigo y yo esgrimimos tal cual. Dejad, pues, a mi cuidado el pergeñar este asunto en bien de todos. Palabra que antes de poco podréis beber vino.

—Si queda —dijo la voz zumbona de Athos.

—¡Cómo si queda! —murmuró el posadero, que sintió como si se le precipitara un torrente de hielo por la espina dorsal.

—¡Qué diablos! Quedará —repuso D’Artagnan—; sosegaos, no es posible que ellos dos solos se hayan bebido toda la bodega. Vamos, caballeros, volved a sus vainas las espadas.

—Y vos vuestras pistolas al cinto —replicaron los ingleses.

—De mil amores —profirió el gascón, dando el ejemplo, y haciendo seña a Planchet de que desarmara su mosquetón.


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