Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Los ingleses, por más que, al parecer, eran valientes, se miraron uno a otro con indecisión, como si en aquella cueva hubiese habido uno de esos ogros famélicos, gigantescos héroes de las leyendas populares, de los que no se fuerza impunemente la caverna.
Por algunos instantes, reinó el más profundo silencio, hasta que por fin los ingleses se avergonzaron de retroceder, y el más malhumorado de los dos bajó cinco de los seis peldaños que componÃan la escalera y dio en la puerta una patada capaz de derribar una pared maestra.
—Planchet —dijo D’Artagnan, amartillando sus pistolas—, yo me encargo de este que está aquà arriba, encárgate tú del que está abajo. ¿Conque queréis sarracina, señores? Pues por mi honor que la habrá, y de la buena.
—¡Calle! —exclamó la voz profunda de Athos—, me parece que estoy oyendo a D’Artagnan.
—En carne y hueso, amigo mÃo —contestó el mozo, levantando también la voz.
—MagnÃfico —repuso Athos—; ahora vamos a sentarles las costuras a esos hundepuertas.
Los ingleses habÃan desnudado sus espadas, mas como se hallaron cogidos entre dos fuegos, titubearon por un instante; sin embargo, y como la primera vez, el orgullo cegó al malhumorado, que de una segunda patada hizo crujir de arriba abajo la puerta.