Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Que los ingleses son amantes del vino caro, ya lo sabe vuestra merced, y esos han pedido del más generoso. Mi mujer habrá solicitado de m. Athos licencia para entrar en la cueva con el fin de satisfacer a los ingleses y, como de costumbre, vuestro amigo se habrá negado. ¡Virgen SantÃsima! ¿OÃs? Redobla la gresca.
En efecto, D’Artagnan oyó un gran ruido del lado de la cueva, y levantándose y precedido del posadero, que se mesaba las barbas, y seguido de Planchet, que llevaba preparado el mosquetón, se acercó al teatro del escándalo.
Los dos ingleses, que habÃan hecho una larga caminata y perecÃan de hambre y sed, estaban exasperados.
—Es una tiranÃa que ese loco prive a estas buenas gentes el uso de su vino —gritaban los ingleses en francés castizo aunque con dejo extranjero—. Hundamos la puerta, y si tan furioso está, lo matamos y se acabó.
—¡Poco a poco, señores! —dijo D’Artagnan, sacando sus pistolas de su cinto—; aquà no se mata a persona alguna.
—Bueno, bueno —decÃa detrás de la puerta la voz tranquila de Athos—, dejadles a esos traganiños que entren, y luego veremos.