Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Desde entonces, monseñor —continuó el posadero—, llevamos la vida más triste que se pueda imaginar; porque es menester que sepa vuestra merced que todas nuestras provisiones están en la bodega, en ella guardamos el vino embotellado y, en barriles, la cerveza, el aceite y las especias, la manteca y los salchichones; y como nos está vedado bajar a ella, nos vemos obligados a negar la comida y la bebida a los huéspedes que nos llegan, de manera que nuestra posada va desacreditándose cada dÃa más. Como vuestro amigo permanezca otra semana en la cueva, no hay remedio para nosotros, quedamos arruinados.
—Y serÃa muy justo, bribón. ¿No visteis en nuestro porte que éramos gente de calidad y no monederos falsos?
—Sà que lo vi, señor… Pero escuchad, otra vez se enfurece.
—Señal que le habrán molestado —dijo D’Artagnan.
—Es imposible no molestarlo —exclamó el posadero—; acaban de llegar a la posada dos caballeros ingleses.
—¿Y qué?