Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Sí, señor; se ha obstinado en no moverse de allí. Todos los días se le baja pan por la lumbrera, al extremo de una horca, y carne cuando la pide; pero, ¡ay!, lo que principalmente consume no es carne ni pan. Una vez intenté bajar con uno o dos criados míos, pero se enfureció de una manera terrible, y oí como él amartillaba sus pistolas y su lacayo hacía lo mismo con su mosquetón. Entonces les preguntamos cuáles eran sus intenciones, y vuestro amigo, monseñor, nos respondió que entré él y su lacayo poseían cuarenta cargas, y que dispararían hasta la última antes de consentir que uno de nosotros entrara en la cueva. Entonces fui a quejarme al señor gobernador, y por todo consuelo oí de su boca que no me pasaba más que lo que me merecía, y que esto me enseñaría a andarme con más tiento en insultar a los nobles señores que se hospedaban en mi casa.

—¿De modo que desde entonces…? —profirió D’Artagnan, no pudiendo menos de reírse al ver la triste figura del posadero.






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