Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Lo parecÃa.
—¡Oh!, me amaba.
—¡Niño! No hay hombre que, cual vos, no haya tenido por cierto que su amante le amaba y no hay hombre, tampoco, que no haya sido engañado por su amante.
—Excepto vos, Athos, que nunca la habéis tenido.
—Es cierto —dijo Athos tras un instante de silencio—; nunca he tenido. ¡Bebamos!
—Instruidme, pues, señor filósofo, y sostenedme; necesito saber y ser consolado.
—¿Consolado de qué?
—De mi desventura.
—Vuestra desventura me da risa —profirió Athos, encogiendo los hombros—. Me gustarÃa saber qué dirÃais si yo os contara una historia de amor.
—¿Que os pasó a vos?
—O a uno de mis amigos; esto es lo de menos.
—Decid, Athos, decid.
—Mejor será que bebamos.
—Bebed y contad.
—En realidad, puede hacerse asà —dijo Athos, vaciando y llenando otra vez su vaso—; las dos cosas casan admirablemente.
—Os escucho —profirió D’Artagnan.