Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Ah! —respondió Athos, poniéndose casi lÃvido—, es mi gran historia, la historia de la mujer rubia; cuando la cuento, es que estoy borracho hasta más no poder.
—Esto es —dijo D’Artagnan—, la historia de la mujer rubia, alta, hermosa, de ojos garzos.
—SÃ, y ahorcada.
—Por su marido, que era un señor a quien vos conocÃais —prosiguió D’Artagnan, mirando a Athos de hito en hito.
—Ved de qué manera podemos comprometer a un hombre cuando no sabemos lo que decimos —profirió Athos, encogiendo los hombros, cual si él mismo se compadeciera de s×. Hago voto formal de no volver a emborracharme, es vicio pésimo.
D’Artagnan guardó silencio.
—Por cierto —profirió Athos, mudando plática de improviso—, os doy las gracias por el caballo que me habéis traÃdo.
—¿Os place? —preguntó D’Artagnan.
—SÃ, pero no es caballo de fatiga.
—Os engañáis; he recorrido con él diez leguas en hora y media, y como si únicamente hubiese dado la vuelta a la place de Saint-Sulpice.
—Vais a hacer que suspire por él.
—¿Que suspiréis por él? No entiendo.
—Ya no es mÃo.