Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Los tres amigos, porque, como ya hemos dicho, Athos había jurado no dar un paso para equiparse, salían, pues, muy de madrugada y no regresaban hasta muy tarde, después de haber andorreado inspeccionando adoquín por adoquín para cerciorarse de si las personas que les precedieran habían dejado en ellos alguna bolsa. No parecía sino que estaban siguiendo alguna huella, tal era la atención con que lo escudriñaban todo; y cuando volvían a reunirse, cruzaban miradas de aflicción que querían decir: ¿has encontrado algo?

Sin embargo, Porthos, que por más que se diga era hombre resuelto, fue el primero a quien se le ocurrió una idea, la cual había perseguido con tenacidad, y fue también el primero que se puso manos a la obra.

D’Artagnan vio un día al gigante, que se encaminaba a la iglesia de Saint-Leu, y le siguió instintivamente. Porthos entró en el templo después de haberse retorcido los bigotes y estirado la perilla, lo cual era, en él, señal infalible de que alimentaba intenciones de conquista. Como D’Artagnan tomaba precauciones para que su amigo no se diera cuenta de la persecución de que era objeto, Porthos, con la convicción de que no le habían visto, se arrimó a uno de los lados de un pilar, en tanto que el gascón, sin que aquel lo descubriera, se arrimaba al otro lado.


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