Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Faltan aún dos semanas; si transcurridas estas no he encontrado nada, o mejor, si no ha venido a encontrarme a mà cosa alguna, como soy demasiado buen católico para deshacerme la cabeza de un pistoletazo, buscaré quimera a cuatro guardias de su eminencia o a ocho ingleses, y me batiré hasta que me maten, lo que no puede menos de suceder si se atiende al número de los provocados. Entonces dirán que he muerto por el rey, y asà habré cumplido con mi deber sin necesidad de equiparme.
Porthos se paseaba con las manos a la espalda, y moviendo de arriba abajo la cabeza, decÃa:
—Voy persiguiendo mi idea.
Aramis, preocupado y mal rizado, no proferÃa palabra.
Por los desastrosos pormenores que acabamos de exponer, puede verse fácilmente que en la comunidad reinaba la desolación.
Como los corceles de Hipólito, los lacayos compartÃan la pesadumbre de sus amos. Mousqueton hacÃa acopio de hambre; Bazin, que siempre habÃa sido inclinado a la devoción, pasaba el dÃa en las iglesias; Planchet mataba las horas papando moscas, y Grimaud, a quien la ruina general no era bastante para hacerle romper el silencio impuesto por su amo, no hacÃa más que lanzar suspiros capaces de hender una peña.