Los Tres Mosqueteros

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Porthos, al ver el efecto que su mariposeo óptico producía en la dama, se retorció nuevamente los bigotes, se estiró por segunda vez la perilla, y empezó a hacer señas a una hermosa dama que se hallaba junto al coro, dama que no solo era hermosa, mas también encumbrada, pues tras de sí tenía un negrillo que llevara el cojín sobre el cual estaba arrodillada, y una doncella que sostenía en la mano la bolsa bordada con un escudo de armas que servía de estuche al libro de misa.

La dama de las tocas negras siguió a través de todos sus rodeos las miradas de Porthos, y vio que se posaban en la dama del cojín de terciopelo acompañada de un negrito y de una doncella.

Porthos, entretanto, jugaba sobre seguro; eran de ver sus guiños, sus dedos puestos sobre los labios y, finalmente, también eran de admirar sus sonrisas asesinas, que realmente asesinaban a la hermosa desdeñada. Esta lanzó, en forma de mea culpa, un ¡ejem!, tan formidable, que todos los fieles, incluso la dama del cojín rojo, volvieron hacia ella las miradas.

El mosquetero permaneció impasible: a pesar de haber comprendido, se hizo el sordo.


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