Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Nuestro gascón hizo prometer a la doncella que le llevaría a su casa la carta tan buen punto se la diera su señora; y como la pobre muchacha estaba perdidamente enamorada de D’Artagnan, prometió hacer cuanto este quisiera.

Todo pasó como en la víspera: D’Artagnan se encerró en el armario, milady llamó, hizo su tocado, despidió a Ketty y cerró la puerta de comunicación. El mozo, como en la víspera también, no entró en su casa hasta las cinco de la mañana.

A las once, D’Artagnan vio llegar a la doncella con el nuevo billete de milady en la mano. Ahora Ketty ni siquiera intentó disputárselo a su amante; le pertenecía en cuerpo y alma, y le dejó hacer.

El mozo abrió el billete y vio que decía:

Esta es la tercera carta que os escribo para deciros que os amo. Ved de no obligarme a escribiros una cuarta vez para manifestaros que os detesto.

Si os arrepentís de haber obrado conmigo como lo habéis hecho, la muchacha que os entregará este billete os dirá de qué manera puede obtener mi perdón un caballero.

Mientras estuvo leyendo la precedente carta, a D’Artagnan un color se le iba y otro se le venía.

—¡Oh! ¡Continuáis amándola! —dijo Ketty, que ni por un segundo había desviado los ojos del rostro del gascón.


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