Los Tres Mosqueteros

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Pero lo que más evidente resultaba en todo aquel fregado era que el odio verdadero, profundo e inveterado de lady Clarick arrancaba de que él no hubiese dado muerte a lord Winter.

D’Artagnan volvió el día siguiente a casa de milady, y la halló de pésimo humor, indudablemente a causa de no haber recibido contestación del conde de Wardes; por lo menos, así lo sospechó el mozo.

En esto entró Ketty, y al ver que su ama la recibía con gran aspereza, dirigió al gascón una mirada que quería decir: ya veis cuánto estoy sufriendo por vos.

Con todo eso, al fin de la velada, la hermosa cortesana se amansó, y escuchó con rostro risueño las galanterías de D’Artagnan, y aun le dio a besar la mano.

El gascón salió sin saber ya qué pensar; pero como no era mozo a quien se le hiciese perder la cabeza fácilmente, al tiempo que galanteaba a milady había ingeniado en su mente un atrevido proyecto.

D’Artagnan encontró a Ketty en la puerta y, como en la víspera, subió al cuarto de la doncella, a quien milady había reprendido y acusado de negligente, y a la que había ordenado que a las nueve de la mañana pasase a recoger de manos de ella otra carta para el conde de Wardes, del cual no se explicaba el silencio.


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