Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan estuvo a un tris de contarlo todo a su amigo, pero le retuvo una consideración: en cuanto a delicadeza, Athos era severo, y en el plan que nuestro enamorado forjara respecto de milady habÃa algo que él sabÃa que no obtendrÃa el asentimiento del puritano, asà que prefirió guardar silencio, y como Athos era el hombre menos curioso del mundo, las confidencias de D’Artagnan no fueron más allá.
Dejemos, pues, a los dos amigos, que no tienen que comunicarse nada de interés, y sigamos a Aramis. Ya hemos visto con qué rapidez el mosquetero siguió, o mejor, precedió a Bazin al anunciarle este que un hombre procedente de Tours deseaba hablar con él; en un santiamén salvó la distancia que separaba la rue de Férou de la de Vaugirard.
En efecto, al entrar en su casa, Aramis encontró a un hombre de baja estatura y mirada inteligente, pero andrajoso.
—¿Sois vos quien preguntáis por m� —dijo el mosquetero al desconocido.
—Entendámonos —respondió el mendigo—, yo pregunto por m. Aramis; ¿sois vos, por ventura?
—El mismo. ¿Traéis algo para m�
—SÃ, si me mostráis cierto pañuelo bordado.
—Aquà está —dijo Aramis, sacando una llave que llevaba colgada al cuello y abriendo una arquilla de ébano incrustada de nácar.