Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Conforme —repuso el mendigo—; alejad a vuestro lacayo.
En efecto, Bazin, curioso de saber qué querÃa de su amo aquel hombre, habÃa llegado casi al mismo tiempo que Aramis, pero de poco le valió su diligencia; el mosquetero, a la incitación del mendigo, le hizo seña de que se retirara.
Una vez a solas Aramis y el mensajero, este miró rápidamente a todas partes para cerciorarse de que nadie podÃa verle ni oÃrle, y abriendo su harapienta y mal ceñida chupa, descosió su jubón por la parte de arriba y sacó una carta.
Aramis, al ver el sello, lanzó un grito de gozo, besó el sobre, y con respeto casi religioso abrió el billete, que decÃa:
Amigo mÃo; el destino nos fuerza a vivir separados por algún tiempo más; pero no creáis que los hermosos dÃas de la juventud hayan pasado para no volver. Cumplid con vuestro deber en el campo de batalla, como yo cumplo con el mÃo en otra parte. Tomad lo que el portador os entregue; pelead como noble, generoso y bueno, y pensad en mÃ, que beso con ternura vuestros negros ojos.
Adiós, o más bien hasta la vista.