Los Tres Mosqueteros

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El mendigo, que no había cesado de descoser sus harapientas ropas, fue sacando de su traje uno a uno hasta ciento cincuenta doblones de cuatro en cuatro y los fue alineando sobre la mesa; luego abrió la puerta, saludó y partió antes de que Aramis, estupefacto, pudiese haberle dirigido una palabra.

Entonces, el mosquetero volvió a leer la carta, y vio en ella la siguiente posdata:

Podéis reservar buena acogida al portador, que es conde y grande de España.

—¡Oh, sueños dorados! ¡Oh, vida hermosa! Sí, somos jóvenes y todavía podemos gozar de horas de dicha. ¡Oh, amor mío! Tuya es mi sangre, tuya mi vida —exclamó Aramis, besando con pasión la carta, y sin mirar siquiera las monedas de oro que brillaban sobre la mesa.

En esto Bazin dio un golpecito en la puerta, y como Aramis ya no tenía para qué mantenerlo alejado, le dio permiso para entrar.

Bazin, al ver tanto dinero sobre la mesa, quedó pasmado, y se olvidó de anunciar a D’Artagnan, quien, aguijado por la curiosidad de saber quién era el mendigo, se había encaminado a casa de Aramis al salir de la de Athos.

Ahora bien, como el mozo usaba de toda franqueza con el mosquetero, al ver que Bazin se olvidaba de anunciarlo, se anunció a sí mismo.


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