Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Diantre! Mi querido Aramis —exclamó D’Artagnan—, si son esas las ciruelas pasas que os remiten de Tours, hacedme la merced de enviar mi enhorabuena al hortelano que las cosecha.
—Os engañáis, mi buen amigo —contestó Aramis, siempre discreto—, ese dinero acaba de enviármelo ¿no dirÃais quién?, mi librero; es el precio del poema en monosÃlabos que empecé en CrèvecÅ“ur.
—¿De veras? —repuso D’Artagnan—, sea lo que fuere, vuestro librero es generoso.
—¡Cómo, señor! —exclamó Bazin—. ¿Tanto dinero dan por un poema? ¡Parece increÃble! ¡Ah!, señor, hacéis lo que se os antoja, y como os empeñéis, con el tiempo os igualaréis con m. de Voiture y m. de Benserade. También me gusta a mà eso; un poeta es casi un sacerdote. ¡Ah!, mi señor, meteos a poeta.
—Me parece que os estáis inmiscuyendo en nuestra conversación, amigo Bazin —dijo Aramis.
El lacayo, comprendiendo que se habÃa extralimitado, bajó la cabeza y salió.
—Por lo que se ve, vendéis a peso de oro las producciones de vuestro ingenio —profirió el gascón, sonriendo—; dichoso vos mil veces, amigo mÃo; pero cuidado que no se os extravÃe la carta esa que está asomando por la pechera de vuestro casacón, y que indudablemente es también de vuestro librero.