Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Mi querido D’Artagnan —repuso Aramis, sonrojándose hasta más no poder, metiéndose la carta en el pecho y abotonándose su gustillo—; mi querido D’Artagnan, si no os contrarÃa, vámonos a ver a nuestros amigos; estoy rico, y es menester que mientras llega la hora de que lo estéis vosotros, reanudemos las comidas en común.
—De mil amores —contestó el mozo—. Hace ya mucho tiempo que no hemos hecho una comida decente, y como esta noche tengo que dar fin a una empresa algo peligrosa, no me vendrá mal calentarme un poco los cascos con algunas botellas de borgoña rancio.
—De acuerdo, también me gusta a mà el borgoña —dijo Aramis, a quien la vista del oro habÃa quitado, como con las manos, sus ideas de retiro.
Y, metiéndose tres o cuatro doblones en la faltriquera para atender a las necesidades del momento, Aramis encerró los demás en la arquilla de ébano incrustada de nácar, en la que ya estaba el famoso pañuelo que le sirviera de talismán.
Los dos amigos se encaminaron directamente a la vivienda de Athos, quien, fiel al juramento de no salir, se encargó de enviar a por los manjares para comer en su propia casa.