Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan y Aramis, que sabÃan cuánto entendÃa Athos en gastronomÃa, le dejaron hacer, y salieron para ir a ver a Porthos; pero no bien hubieron llegado a la esquina de la rue du Bac, cuando encontraron a Mousqueton, que con cara de viernes iba arreando ante sà una mula y un caballo.
—¡Caramba! —exclamó D’Artagnan con sorpresa no exenta de alegrÃa—, mi caballo amarillo; fijaos en ese caballo, Aramis.
—Vaya un matalón —repuso el mosquetero.
—Pues sabed que montado en él vine a ParÃs —profirió el gascón.
—¡Qué! ¿Vuestra merced conoce ese rocÃn? —preguntó el lacayo de Porthos.
—Tiene un color muy original —dijo Aramis—; es el primero que veo de ese pelaje.
—Yo lo creo —repuso D’Artagnan—, por eso lo vendà por tres escudos, por el pelaje, pues el armazón no los vale ni en sueños. Pero ¿cómo se explica que este caballo esté en tu poder, Mousqueton?
—¡Ay! No me hable de ello su merced —respondió el lacayo—; es una mala treta del marido de nuestra duquesa.
—¿Cómo?