Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, señor —continuó Mousqueton—, cierta dama de alta posición nos mira con muy buenos ojos, la duquesa de…; pero, perdonad, mi amo me ha recomendado la discreción. Pues sÃ, la dama a la que quiero referirme nos habÃa obligado a aceptar un pequeño recuerdo, un magnÃfico caballo entero español y una mula andaluza que daba gusto verla; el marido se ha enterado, ha confiscado las dos preciosas bestias, y en su lugar nos ha enviado esas horrorosas alimañas.
—¿Y ahora se las devuelves? —preguntó D’Artagnan.
—Ha adivinado vuestra merced —respondió Mousqueton—; porque vuestra merced ya ve que no podemos aceptar de ninguna manera tales cabalgaduras a cambio de las que nos habÃan ofrecido.
—No mil veces —exclamó D’Artagnan—, por más que me habrÃa gustado ver a Porthos caballero en mi jaco amarillo, para hacerme una idea de la facha que yo hacÃa al llegar a ParÃs. Pero te estamos estorbando, Mousqueton; ve y cumple el encargo de tu amo. Dime, ¿está en casa nuestro amigo?
—SÃ, señor —respondió Mousqueton—, pero de mal humor.