Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El lacayo siguió hacia el quai des Grands-Agustins, mientras los dos amigos iban a llamar a la puerta del infortunado Porthos; este, habiéndoles visto cruzar el patio, no dio señales de vida por más que aquellos llamaron una y otra vez.
Entretanto, Mousqueton continuaba su camino, arreando ante sà las bestias, y después de atravesar el Pont-Neuf, se internó en la rue aux Ours, una vez en la cual ató el caballo y la mula a la aldaba de la puerta del procurador, y sin más tomó la vuelta de la casa de su amo, a quien anunció haber dado cumplimiento a su orden.
Poco después, las pobres bestias, que desde la mañana no habÃan probado el pienso, movieron tal ruido levantando y dejando caer la aldaba, que el procurador envió a su cagatintas para que, entre los vecinos, se informara de quién eran aquel caballo y aquella mula.
Mm. Coquenard conoció su presente, y de buenas a primeras no supo a qué atribuir aquella restitución; pero no tardó en aclararle las cosas el mismÃsimo Porthos. La ira que brillaba en los ojos del mosquetero, pese a los esfuerzos que este hacÃa por contenerse, llenó de terror a la sensible amante. En efecto, Mousqueton no habÃa escondido a su amo el encuentro de D’Artagnan y de Aramis, y que en el caballo amarillo, el primero reconociera al jaco bearnés que montaba cuando entró en ParÃs y que luego vendiera por tres escudos.