Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Porthos salió después de haber citado a la procuradora para el claustro de Saint-Magloire.
M. Coquenard, al ver que el mosquetero se iba, le invitó a comer; pero Porthos, con ademán lleno de dignidad, declinó el convite.
La procuradora se encaminó, toda turbada, al claustro de Saint-Magloire, pues presentía los reproches que allí la esperaban; pero ¡qué le haremos!, estaba fascinada por la pomposa labia de Porthos.
Este desencadenó sobre la agobiada cabeza de su procuradora todas las imprecaciones, todos los reproches que de boca de un hombre herido en su amor propio pueden salir.
—¡Ay! Yo lo he hecho con buen fin —dijo mm. Coquenard—. Uno de nuestros clientes, comerciante de ganado, debía algún dinero al estudio, y como se mostraba recalcitrante, le he tomado el caballo y la mula en pago de lo que nos estaba adeudando; me había prometido dos cabalgaduras regias.
—Pues bien, señora —repuso Porthos—, si ese tratante os debía más de cinco escudos, es un ladrón.
—No es pecado intentar economizar, m. Porthos —profirió la procuradora, buscando una excusa.