Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Decís bien, señora, pero los que van en pos de economías deben consentir a los demás que busquen amigos más liberales —arguyó el mosquetero, girando sobre sus talones y dando un paso como para retirarse.

—¡M. Porthos! ¡M. Porthos! —exclamó la procuradora—. He obrado mal, lo confieso; debí dejarme de regateos al tratarse de equipar a un caballero como vos.

Porthos, sin responder, dio otro paso de retirada.

A la procuradora le pareció ver al mosquetero en una rutilante nube y rodeado de duquesas y marquesas que le arrojaban a los pies talegos henchidos de oro.

—¡Deteneos, por favor! M. Porthos —exclamó mm. Coquenard—, deteneos y hablemos.

—Hablar con vos me acarrea desventura —dijo Porthos.

—Pero decidme claramente qué deseáis.

—No sirve de nada, al final, si algo os pido.

La procuradora se cogió del brazo del mosquetero, y en un arranque de dolor, dijo:

—M. Porthos, yo no entiendo nada de eso; ¿por ventura sé yo lo que es un caballo? ¿Acaso sé yo qué son arneses?

—Pues debíais preguntarme, que soy perito en la materia, señora; pero habéis querido economizar, y, por consiguiente, prestar a usura.


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