Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Obraréis cuerdamente, amigo mÃo —dijo el mosquetero, estrechando la mano del gascón con afecto casi paternal—; y rogad a Dios que esa mujer, que apenas ha intervenido en vuestra vida, no deje en ella un rastro terrible.
Y diciendo estas palabras, Athos saludó con la cabeza a D’Artagnan, como quien quiere significar que no siente quedarse solo con sus pensamientos.
Al entrar en su casa, el mozo encontró a Ketty, que le estaba aguardando. Un mes de fiebre no habrÃa cambiado a la pobre muchacha como aquella noche de insomnio y de dolor.
A la doncella la habÃa enviado su ama a casa del fingido Wardes. Milady estaba loca de amor, ebria de gozo, y anhelaba saber cuándo le concederÃa una nueva entrevista su amante.
La pobre Ketty, pálida y trémula, estaba aguardando la respuesta de D’Artagnan.
Los consejos de Athos, que ejercÃa grande influjo en el ánimo del mozo, unidos a la voz de su propio corazón, ahora que su orgullo estaba a salvo y su venganza satisfecha, habÃan hecho que D’Artagnan resolviera no ver más a milady. Por toda contestación, pues, cogió nuestro gascón la pluma y escribió la siguiente carta: