Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿De quién os vino a vos la alhaja? —preguntó el gascón.

—De mi madre —respondió Athos—, que a su vez la heredara de la suya. Como ya os he dicho, es una alhaja de familia… de la que nunca debía haber salido.

—¿Entonces la… vendisteis? —preguntó con vacilación el mozo.

—No —repuso Athos, sonriendo de manera singular—; durante una noche de amor la di, como os la han dado a vos.

D’Artagnan, no después de haber restituido la sortija al dedo, sino después de habérsela metido en la faltriquera, se puso pensativo a su vez; y es que le parecía descubrir en el alma de milady abismos de sombrías e incógnitas profundidades.

—Escuchad —dijo Athos a su amigo, cogiéndole la mano—, ya sabéis cuánto os quiero, tanto como a un hijo si lo tuviera; creedme, pues, renunciad a esa mujer. No la conozco, pero algo así como una intuición me dice que es una criatura perdida, y que en ella hay algo fatal.

—Tenéis razón —dijo D’Artagnan—; así pues, me separo de ella, que en verdad hasta a mí mismo me espanta.

—¿Tendréis el valor de cumplir lo que decís? —repuso Athos.

—Sí —respondió D’Artagnan.


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