Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Tomad —profirió D’Artagnan, quitándosela del dedo. Athos examinó la sortija y palideció, luego se la puso en el anular de la mano izquierda, y le vino que ni pintada.

—Es imposible que sea ella —dijo el mosquetero, a la vez que por su frente, de ordinario tan tranquila, pasaba una nube de cólera y de venganza—; pero ¿cómo se explica que haya ido a parar a manos de lady Clarick esta sortija? Porque es muy difícil que entre dos alhajas haya un parecido tan asombroso.

—¿Conocéis esa sortija? —preguntó D’Artagnan.

—Eso creí, pero indudablemente me engaño —respondió Athos, devolviéndosela a su amigo y no dejando de tener clavados en ella los ojos. Y, al cabo de un instante, añadió—: Hacedme un favor, quitaos esa sortija o escondedla; me refresca tan dolorosos recuerdos, que se me turbaría la cabeza y no podría continuar conversando con vos. ¿No habéis venido para pedir consejos? ¿No me habéis dicho que no sabíais qué hacer? Pero… Dejadme inspeccionar nuevamente ese zafiro: al que yo me refiero tiene una de sus facetas rayada a causa de cierto accidente.

D’Artagnan satisfizo los deseos de Athos.

—Mirad —dijo el mosquetero, estremeciéndose y mostrando a su amigo la raya de que él se acordara—. ¿No es singular el caso?


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