Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Si he de hablaros con franqueza —dijo Athos al gascón—, a mis ojos vuestra milady es una mujer infame; pero eso no quita que hayáis cometido una mala acción al engañarla: sea lo que fuere, os habéis agenciado una enemiga terrible.

—¿Veis esta sortija? —dijo D’Artagnan, ufano de ostentar a los ojos de sus amigos tan rico presente, y al ver que el mosquetero miraba con atención profunda el zafiro rodeado de brillantes, que tomara en el dedo del gascón el sitio de la sortija de la reina, encerrada nueva y cuidadosamente en su estuche.

—Sí —respondió Athos—, me recuerda a una alhaja de familia.

—¿Verdad que es hermosa? —preguntó D’Artagnan.

—Soberbia —repuso el mosquetero—; pensaba que no existían dos zafiros de tan hermosas aguas. ¿La habéis trocado por vuestro diamante?

—No —respondió el mozo—, es un presente de mi hermosa inglesa, o más bien de mi hermosa francesa, pues, aunque no se lo he preguntado, tengo el convencimiento de que milady ha nacido en Francia.

—¿Esa sortija os la ha dado milady? —exclamó el mosquetero con voz profundamente conmovida.

—Ella misma; me la ha regalado esta noche.

—Hacedme la merced de mostrármela —dijo Athos.


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